Parece paradójico y en cierto modo, es posible que lo sea. Pero se ha demostrado que elegir no nos hace más felices. En tiempos ancestrales, los primeros homínidos tenían niveles de felicidad más elevados que los actuales. ¿Cuál es la diferencia entre ambas generaciones? La posibilidad de elegir. Actualmente vivimos en un mundo donde la oferta es brutal, podemos elegir entre una gran infinidad de productos y servicios. Eso produce que cada momento en el que tengamos que elegir tengamos un problema. Lo que al mismo tiempo genera un estrés que nos hace ser más infelices.

El cerebro ha sido diseñado para auto engañarnos y hacernos cambiar fácilmente la forma de ver las cosas, con el objetivo de superar las decepciones y seguir adelante. Al cerebro no le interesa la verdad sino sobrevivir, somos sorprendentemente capaces de cambiar nuestra forma de pensar para simplemente sentirnos mejor respecto al mundo en el que nos encontramos. Sin embargo, hay muy pocas personas que sean conscientes de hacerlo, muy pocos se dan cuenta de cuándo están modificando los hechos, alterando la realidad, para ser en definitiva más felices.


Siguiendo el mismo razonamiento, podemos decir que el dinero sí permite alcanzar la felicidad cuando te permite pasar de la pobreza a un estatus de clase media. Mientras que no compra la felicidad cuando te permite pasar de la clase media a la clase media alta. Esto sucede porque llega un momento en que tener más, no supone mejorar la calidad de vida. Lo mismo pasa con la capacidad de elegir, tenemos tanto de donde elegir, que la propia decisión pierde importancia.

Las personas piensan que su responsabilidad consiste en maximizar su propia felicidad. Pero la mayoría de las veces toman las decisiones equivocadas que les lleva de forma inconsciente a reducir los niveles de felicidad. Daniel Gilbert es psicólogo de la Universidad de Harvard y explicó en “Redes” con Punset un experimento muy interesante. A un grupo de estudiantes, que estaban haciendo un curso en fotografía, se les explicó cómo hacer y revelar las fotos. Al final del curso todos tenían dos fotografías realmente muy bonitas en blanco y negro de las que estaban muy orgullosos. Se les dijo que ellos se podían quedar una y que la otra se quedaba archivada, pero no se la podían llevar a casa. A la mitad de los estudiantes se les dijo que si cambiaban de opinión en cualquier momento y querían cambiar la foto no pasaba nada, y a la otra mitad se le dijo que una vez que habían tomado una decisión ésta era irrevocable.

El resultado del experimento tras un seguimiento de los estudiantes fue que no había ninguna duda en que los que no tenían opción a cambiarla estaban más contentos de la foto que habían elegido. Mientras los que tuvieron la posibilidad de cambiarla vivían en un estado de duda: “hice la elección correcta”, “quizá me equivoqué”, “puede que la otra fuera más bonita”. Pero lo más interesante es que cuándo se les preguntó: “¿En cuál de estas dos condiciones anteriores te gustaría estar?” Todos escogieron “el poder elegir”, tener la posibilidad de cambiar su elección.

En conclusión, sabemos que una de las dos situaciones hace a la gente más feliz que la otra, y sin embargo siempre escogemos la que no nos hace feliz.