Me encontraba surcando las aguas del Mediterráneo en un barco de Transmediterránea (Acciona) en dirección a Menorca, mi isla preferida para pasar las vacaciones de verano. Me esperaban dos meses de relax, tras un intenso año de estudios y trabajo. No me podía quejar después de todo. Eran las 6 de la mañana, cuando la tripulación avisó por megafonía que estábamos a punto de tocar puerto. Hacia un día radiante, el típico de finales de julio. Abandoné el camarote para dirigirme al garaje y dejar la mochila en el coche.

Mi primer día de vacaciones. Todo era perfecto. Ya olía la playa con arena blanca y aguas cristalinas. Era cuestión de horas que estuviera en la orilla del agua rebozado de arena y poniéndome crema para protegerme del intenso sol. Los coches empezaron a salir del barco. Todo el mundo tenia ganas de pisar suelo firme, tierras baleares.


Entré en mi modesto Renault Clio, encendí el motor y esperé a que el que organizaba todo cotarro me diera permiso para bajar la rampa que me llevaría al exterior. Aun no sabía lo que me esperaba allí fuera. El buen hombre me hizo una señal con los dedos. Por fin era mi turno. El coche estaba repleto de maletas. Mi familia tiene la mala costumbre de llevarse el armario entero cuando se van a otro lugar. No basta con cuatro camisas, dos pantalones y un bañador. Se llevan hasta las perchas. En el interior del vehículo no cabía ni un alfiler, apenas tenia visibilidad por las ventanas. Mi coche parecía

Descendí la rampa con felicidad, como si reencontrara la libertad. Sin embargo, me topé con Guardia Civil. Nunca les he tenido un cariño especial, tampoco lo contrarío. En pleno muelle habían por lo menos una docena de guardias civiles. En ese momento era el único que salía de barco. Uno de ellos me hizo parar el coche. Me sentí como en una redada, no tenía escapatoria. Mi cabeza empezó a dar vueltas, a pensar en mis actos, no recordaba haber cometido ningún delito. Siempre he sido un buen chico o por lo menos eso intentaba parecer.

Quizás fuera por mi barba de tres días, por mi cara de haber dormido poco y mal o simplemente por sospechas de que el coche iba demasiado cargado. No creo que nadie hubiera dado ningún chivatazo de nada respecto a mi persona. A pesar de eso, los guardias civiles parecían muy intrigados saber lo que había en el interior de mi coche. No daba crédito a lo que me estaba pasando. Me sentía un criminal, aunque tampoco quisiera exagerar.

Llegué a pensar que se podía tratar de una broma o de una cámara oculta de esas que da por la tele y que todo el mundo se ríe de ver lo mal que lo pasa el inocente. En mi caso todo parecía muy real. Mi mente seguía dando vueltas a mi pasado, no lograba recordar ningún detalle por el que se me podía considerar sospechoso de algo. Mientras tanto, un guardia civil me hizo bajar del coche. Ni siquiera me había dado tiempo de almorzar algo antes, me encontraba algo aturdido y superado por la situación. No me temblaban las piernas porque no tenía nada que esconder, pero empezaba a dudar…

De repente pensé en una hipótesis: ¿Y si alguien me ha colocado algún producto ilegal entro del coche sin que yo tenga conocimiento de ello? No sería nada fuera de lo común. Empecé a pensar como demostrar mi inocencia y aun no me había ni colocado las esposas. No era ningún narcotraficante colombiano, ni miembro de ETA o de la camorra italiana. Un simple turista que se va de vacaciones sin hacer ruido.

Salí del coche y me empezaron a cachear. Ese momento me recordaba a algunas películas donde el malo siempre acaba muerto o en la cárcel. Dicen que todos tenemos un destino, pero nunca lo había imaginado entre rejas. Los demás turistas iban saliendo con sus respectivos automóviles, la mayoría no me miraban con cara de querer ser mis amigos. El guardia civil encargado de acariciarme todo el cuerpo me hizo una sugerencia:

– Si tienes algo escondido es mejor que me lo diga antes.
Esas palabras me las soltó mientras me estaba metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Le podía haber respondido con humor. Pero no era momento para bromas. En los bolsillos no encontró nada más que las llaves del mismo coche y unas monedas con las que no tenia ni para pipas.

– ¿Qué están buscando? –le pregunté.
– Principalmente droga –respondió.
Durante los casi diez años en los que había veraneado pro Menorca no había salido mucho de fiesta por la noches. Esa actividad la dejaba para divertirme los fines de semana en Barcelona. Pero no pensaba que en la isla se traficara con cantidades importantes de droga, es la isla de la calma.

– ¿Tengo cara de traficante? –le pregunté.
No le gustó mucho mi pregunta, me siguió cacheando con más dureza. Pienso que al final le acabaría gustando mi cuerpo. Me lo revisó todo, no me hizo quitar las zapatillas porque iba en chanclas. Evidentemente no encontró nada, estaba limpio.

Cuando ya pensaba que todo había acabado, iluso de mí, se acerca otro guardia civil con uno de esos perros policía. Siempre los había visto también en películas o aduanas buscando droga. Me pidieron que abriera el maletero. En ese momento se me vino la imagen de maleteros con cadáveres, muertos, personas sangrando o amordazadas. Era terrorífico.

El perro parecía buscar su dosis diaria de heroína. Se detuvo un momento en una de las maletas. Era donde había depositado mis calzoncillos, estaban limpios en todos los sentidos. Como mucho se podía oler el suavizante de la ropa. Me la hicieron abrir, me temía lo peor. El guardia civil se esperaba encontrar una bolsa con polvo blanco, pero lo único que encontraron fueron unos Calvin Klein con un blanco impecable. Me pidieron disculpas por haber abierto mi maleta, las acepté con ganas de que me dejaran marchar. Pero no fue así, no me dio tiempo a pestañear que ya tenia el perro montado dentro del coche husmeando entre todas las bolsas, entre mis cosas.

– ¿Me puedo llevar el perro? –bromeé.
Me permití el lujo de bromear, pues ya estaba más relajado al ver que todo se trataba de una confusión. El hombre con traje militar me miró como si fuera un fugitivo de la ley. No me respondió, pero con esa mirada lo dijo todo. Mejor estar callado. Cualquiera pide una reclamación por el pelo que dejó el perro dentro de la tapicería del coche…